En el privilegiado entorno de la Marina Real de Valencia, donde el Mediterráneo marca el ritmo de la ciudad y la gastronomía encuentra uno de sus mejores escenarios, Vlue Arribar se ha consolidado como uno de los establecimientos de referencia para quienes buscan una cocina de calidad acompañada de una experiencia que va mucho más allá de la mesa. Al frente del proyecto se encuentra Ángel Brández, un profesional que ha sabido convertir este espacio en un punto de encuentro donde tradición, producto y ocio conviven con absoluta naturalidad.

La propuesta culinaria de Vlue Arribar hunde sus raíces en la cocina mediterránea, con una carta en la que el protagonismo recae sobre el producto y el respeto por las recetas tradicionales. Su especialidad son los arroces, con cerca de una veintena de variedades distintas elaboradas con mucho acierto y buenas materias primas.

Junto a los arroces, la oferta se completa con diferentes fideuás, platos marineros en los que sobresalen las mariscadas o su caldereta de langosta y rape y unas carnes entre las que destacan el solomillo de ternera gallega o el steak tartar que le llevó a Ángel Brández a ganar el primer premio de la Comunidad Valenciana en esta especialidad, un reconocimiento que avala la calidad de este plato en el local.

Los entrantes mantienen el mismo nivel de exigencia. El prestigioso jamón Cinco Jotas, las ostras gallegas, el foie caramelizado con mermelada de flores o las anchoas del Cantábrico sobre pan de cristal forman parte de una selección cuidadosamente escogida.

La experiencia concluye con una carta de postres caseros entre los que destacan una cremosa tarta de queso al horno, el tiramisú o su torrija artesanal.

Uno de los rasgos diferenciales de Vlue Arribar es su apuesta por un servicio de cocina ininterrumpido. Bajo el concepto non stop, los fogones permanecen abiertos desde las doce del mediodía hasta las dos y media de la madrugada, permitiendo disfrutar de su cocina prácticamente a cualquier hora.

Pero Vlue Arribar es mucho más que un restaurante. Conforme avanza la tarde, el establecimiento se transforma en un elegante espacio donde disfrutar de un cóctel, una copa o un aperitivo frente al mar, acompañado de música ambiental que invita a prolongar la velada. Esa doble condición de restaurante y espacio de ocio lo ha convertido en uno de los locales con mayor personalidad de la Marina Real de Valencia, incluso Ángel suele cantar a petición de sus clientes y amigos algún tema de su repertorio musical en directo.

No resulta extraño, por tanto, que haya acogido numerosos acontecimientos sociales y deportivos. Durante el último Mundial de fútbol fue uno de los puntos preferidos por los aficionados, consolidando una vez más su condición de espacio abierto a la gastronomía, el entretenimiento y la convivencia.

Vlue Arribar representa, en definitiva, una manera de entender la restauración mediterránea: una cocina honesta, basada en el producto y la tradición, que convive con un ambiente dinámico y cosmopolita en uno de los enclaves más atractivos de Valencia.

La familia Brández: una historia ligada a la hostelería valenciana

La aportación de la familia Brández,, cuatro hermanos con mucha visión de futuro, Joaquín «Quino», Tomás, Rafael y Ángel, a la evolución de la hostelería y el ocio valencianos resulta incuestionable. Para conocer esa trayectoria conversamos con Ángel Brández en la terraza de Vlue Arribar, un espacio idílico bañado por el sol y la brisa del Mediterráneo.

 Ángel, ¿cómo llegas a Vlue Arribar y cuánto tiempo llevas aquí?

—En Vlue llevo alrededor de dieciocho años. Ahora mismo no sabemos qué ocurrirá en un futuro próximo porque la Administración está poniendo muchas trabas para que el proyecto continúe. En cuanto a mi trayectoria, yo venía del mundo de la música, donde desarrollé una carrera de más de veinticinco años, durante los cuales tuve la suerte de cantar junto a grandes artistas. Sin embargo, surgió la oportunidad de emprender un proyecto junto a mis tres hermanos y decidimos cambiar el rumbo de nuestras vidas.

¿Cómo comienza vuestra aventura en la hostelería?

—Todo empezó en 1987. Tras darle muchas vueltas, los cuatro hermanos inauguramos el Restaurante Paladar, en la avenida de Aragón. Era un restaurante de cocina tradicional valenciana que pronto se convirtió en un referente por sus arroces, pescados y mariscos. Teníamos una clientela muy fiel formada por familias, empresarios y aficionados que acudían a Mestalla los días de partido. Dos años después, a finales de 1989, abrimos el pub New York, también en la avenida de Aragón, que tuvo un éxito extraordinario, siendo durante la década de los noventa uno de los centros neurálgicos del ocio en la capital. La Avenida de Aragón, junto con El Carmen y Juan Llorens se convirtieron en las arterias de la noche valenciana.

—Además del restaurante y el pub, llegaron otros proyectos…

—Así es. También inauguramos la discoteca Tatú, en la calle Eduardo Boscá. Funcionó muy bien porque implantamos un sistema completamente novedoso para la época: los clientes pagaban las consumiciones al abandonar el local. Hoy puede parecer algo habitual, pero entonces fue una auténtica innovación. Tuvo tanto éxito que algunas discotecas cercanas, algunas importantísimas en aquel entonces, lo notaron estrepitosamente.

—También estuvistéis al frente de HANAX, en la calle Caballeros.

—Sí. Hanax fue probablemente nuestro proyecto más ambicioso. El día de la inauguración pasaron por allí cerca de diez mil personas. Era un palacete de tres plantas y unos tres mil metros cuadrados que albergaba una muralla del siglo XI, de unos 20 metros y unos frescos del siglo XIII que estuvimos restaurando durante meses. Lamentablemente, tuvimos numerosos problemas administrativos. Nuestra intención al comprarlo fue abrir una discoteca, pero únicamente obtuvimos licencia como pub. Finalmente, en 1995 decidimos vender el establecimiento a un tal Ramón Morera, empresario que tenía varios establecimientos de restauración en Málaga y que a su vez se lo vendió a Rosa, Lladro, miembro de la familia Lladro de Tavernes Blanques, y con lo que ganó de la transacción se montó un buen restaurante en Madrid llamado “La Pesquera”.

—Después llegó Duna.

—Así es. Nuestro siguiente gran proyecto fue Duna, en El Saler. En un principio queríamos crear un gran local de copas en un paraje espectacular, pero la normativa medioambiental nos obligó a replantear la idea y acabó convirtiéndose en un restaurante. Para entonces ya habíamos vendido Paladar y comenzaron a surgir diferencias empresariales entre los hermanos, por lo que decidimos seguir caminos distintos. Tomás continuó al frente de Duna, yo inicié la etapa de Vlue Arribar y Rafael puso en marcha Enboga Bar, con gran éxito, pues como sabrás consiguió el premio a la mejor Fideuá del Mundo el año pasado.

—Visto con perspectiva, habéis sido protagonistas de una etapa muy importante de la hostelería valenciana. ¿Qué sensación te produce?

—Sobre todo, satisfacción. Me siento orgulloso de haber contribuido, junto a mis hermanos, a que muchos valencianos y visitantes disfrutaran de nuestros proyectos. Lo recuerdo con mucha nostalgia, pero también con enorme gratitud. Seguimos en activo, cada uno con su propio camino. En mi caso, además de la restauración, continúo disfrutando de la música y, cuando los clientes o los amigos me lo piden, todavía canto en directo en Vlue Arribar.

La conversación concluye con una sonrisa y un apretón de manos. Ángel Brández sigue viviendo la hostelería con la misma pasión que hace casi cuatro décadas, convencido de que un restaurante no solo debe servir buena cocina, sino convertirse en un lugar donde las personas acumulen recuerdos. Quizá esa sea la verdadera explicación de la larga trayectoria de una familia que ha dejado una huella imborrable en la gastronomía y el ocio valencianos.

Puedes informarte y reservar este restaurante desde aqui https://comerenvalencia.com/restaurante-vlue-arribar/